«Platón tuvo que pensar el impacto de la escritura sobre el discurso hablado; a nosotros nos corresponde pensar el de la inteligencia artificial: ¿qué hay en la palabra humana que las máquinas no pueden reproducir?»
El mito de Theuth
«¡Oh artificiosísimo Theuth! A unos les es dado crear técnica, a otros juzgar qué de daño o provecho aporta para los que pretenden hacer uso de ella» (Platón, 1988, Fedro, 274e).
A partir de esta advertencia, puesta en boca del rey egipcio Thamus, Platón desarrolló una de las reflexiones más profundas de la historia sobre la relación entre la técnica y la palabra humana. Han tenido que transcurrir más de dos mil quinientos años para que una innovación vuelva a situar a la oratoria y a la humanidad ante un desafío de radicalidad comparable. Ni siquiera la invención de la imprenta lo hizo en los mismos términos.
Platón tuvo que pensar el impacto de la escritura sobre el discurso hablado; a nosotros nos corresponde pensar el de la inteligencia artificial, cuya irrupción está devolviendo al primer plano de la discusión las cuestiones fundamentales que rodearon el nacimiento del arte de hablar en público en la Grecia clásica: ¿cuál es el significado de la palabra hablada?, ¿qué es saber?, ¿qué es persuadir? En último término, ¿qué es el ser humano?
«…¿cuál es el significado de la palabra hablada?, ¿qué es saber?, ¿qué es persuadir? En último término, ¿qué es el ser humano?»
La influencia de la escritura sobre la práctica de la oratoria obligó al mundo helénico a replantearse el significado del conocimiento, la memoria y la comunicación. Fue la denominada «revolución letrada» (Kennedy, 2003, p. 29). La aparición de la logografía -la escritura profesional de discursos por encargo- y la expansión de la enseñanza de la retórica introdujeron una novedad crítica: la palabra destinada a la persuasión podía nacer separada de quien iba a pronunciarla y subsistir desligada de quien la había concebido. Quien hablaba no era siempre quien había pensado, y quien había pensado no era siempre quien respondía por lo dicho.
Fue precisamente en ese contexto de escisión entre el pensar y el decir cuando Platón puso en boca de Sócrates, en el diálogo Fedro, el célebre mito de Theuth. Según el relato, el dios egipcio inventor del número, el cálculo, la geometría, la astronomía, los juegos y las letras compareció ante el rey Thamus para presentarle sus descubrimientos. Pero de entre todos ellos se mostró especialmente orgulloso de las letras, que describía como un «fármaco para la memoria y la sabiduría de los hombres» (Fedro, 274e).
Crítica platónica a la escritura de discursos
Sin embargo, la respuesta de Thamus con la que abrimos estos párrafos invirtió por completo el sentido de la promesa:
«¡Oh artificiosísimo Theuth! A unos les es dado crear técnica, a otros juzgar qué de daño o provecho aporta para los que pretenden hacer uso de ella. Y ahora tú, precisamente, padre que eres de las letras, por apego a ellas, les atribuyes poderes contrarios a los que tienen» (Fedro, 274e).
«La escritura, lamenta Sócrates apoyándose en la autoridad del mítico rey egipcio, producirá efectos contrarios a los buscados»
La escritura, lamenta Sócrates apoyándose en la autoridad de este mítico rey egipcio, producirá efectos contrarios a los buscados. Hernández Guerrero y García Tejera sintetizan esa crítica en Historia breve de la retórica (1994) mediante una serie inapelable de cinco perjuicios: (1) descuida la memoria, (2) desvirtúa el pensamiento, (3) debilita la creatividad y la agudeza crítica, (4) dificulta el auténtico diálogo entre personas y (5) genera una peligrosa ilusión de sabiduría que vuelve a los hombres ignorantes y soberbios, «difíciles de tratar», en palabras de Sócrates (Hernández y García, 1994, p. 31).
Paralelismo con la IA
Ahora bien, en la crítica de Thamus a la escritura se perfila una toma de posición ante la tecnología que suena extraordinariamente actual. El paralelismo con muchos de los temores que suscita la incidencia de la inteligencia artificial, tanto en el ámbito de la oratoria como en el de la educación, resulta evidente: ¿qué hay en la palabra humana que las máquinas no pueden reproducir?¿puede la abundancia de información sustituir al conocimiento?, ¿puede la generación automática de textos reemplazar al pensamiento?, ¿puede la simulación del diálogo sustituir el encuentro auténtico entre personas?
«…¿puede la abundancia de información sustituir al conocimiento?, ¿puede la generación automática de textos reemplazar al pensamiento?, ¿puede la simulación del diálogo sustituir el encuentro auténtico entre personas?»
Interrogantes todos ellos muy próximos a los que se formulan, por ejemplo, en The memory paradox: Why our brains need knowledge in an age of AI (Oakley et al., 2025), y que resuenan también en el ya clásico La fábrica de cretinos digitales (Desmurget, 2020), sobre la transformación digital de la educación.
Sin embargo, el dedo no debe impedirnos ver la luna a la que apunta. Lo decisivo no son los riesgos que alientan el pesimismo tecnológico, sino la hondura de las preguntas que reaparecen gracias a la IA.
El giro antropológico del problema
Y aquí es donde brilla la genialidad de Platón, cuya preocupación última no era tecnológica, sino antropológica. Lo que le inquietaba no era la escritura en sí misma, sino la posibilidad de que los seres humanos confundieran la sabiduría con su simulación, el conocimiento con la acumulación de datos o la verdadera comprensión con la mera repetición.
«Como alternativa, Platón propuso una concepción más profunda de la comunicación, basada en la interiorización del conocimiento y en el encuentro interpersonal»
Sócrates criticaba los discursos escritos que circulaban desvinculados de quien los concibió porque, una vez fijadas sobre una superficie, las palabras ya no pueden responder preguntas, ni defenderse de objeciones, ni adaptarse a la singularidad de quien las recibe. Repiten siempre lo mismo. Carecen de vida propia y, si se las interroga, se ven huérfanas y reclaman a alguien que responda por ellas. Algo muy semejante a lo que ocurre con las respuestas de la IA, que exigen revisión, contraste y responsabilidad por parte de seres humanos competentes en cada materia.
Como alternativa, Platón propuso una concepción más profunda de la comunicación, basada en la interiorización del conocimiento y en el encuentro interpersonal. El verdadero orador ha de conocer la verdad de aquello sobre lo que habla, comprender la naturaleza del alma humana y buscar palabras adecuadas para cada interlocutor, hasta ser capaz, dice, de dar «al alma compleja discursos complejos y multisonantes, y simples a la simple» (Fedro, 277c). Solo así las palabras echan raíces en quien las recibe y pueden convertirse en fuente de verdadera sabiduría. Solo así cabe realmente persuadir.
Desde esta perspectiva, la transformación digital contemporánea revela una fecundidad filosófica singular. Del mismo modo que Platón supo reconocer en la escritura un instrumento valioso pese a sus riesgos -pues de hecho nos legó por escrito en sus diálogos una parte indispensable de nuestra cultura-, tampoco parece razonable contemplar la tecnología y la inteligencia artificial solo como amenazas.
Es indudable que la escritura transformó radicalmente el horizonte de la humanidad de forma imposible de sospechar para aquellos griegos del s. V a. C., abriendo la puerta a la conservación y la transmisión del conocimiento a través del tiempo y lanzando el despliegue de la dimensión histórica del ser humano. De la misma manera, la IA multiplica de forma extraordinaria nuestras capacidades intelectuales y abre posibilidades inéditas para el aprendizaje, la investigación o la creación, sin que tampoco nosotros seamos capaces de medir el alcance que tendrá todo ello.
«…¿qué nos deja ver la IA acerca de la palabra hablada? ¿qué dimensión de nuestra humanidad aparece con más nitidez a través de este espejo tecnológico?»
Por eso, la cuestión no es solo si debemos usar o no estas herramientas, o cómo o hasta dónde hacerlo. Lo decisivo es qué revelan sobre la oratoria y sobre el ser humano: ¿qué nos deja ver la IA acerca de la palabra hablada? ¿qué dimensión de nuestra humanidad aparece con más nitidez a través de este espejo tecnológico?
Hasta aquí, Platón nos ha permitido comprender que el verdadero problema de toda revolución tecnológica no reside en la técnica misma, sino en la forma de cuestionar la realidad del ser humano. El filósofo del mito de la caverna deja así abierta una pregunta decisiva; si la escritura -o la inteligencia artificial- no puede sustituirla plenamente : ¿qué tiene la palabra viva que los textos -o las máquinas- no pueden reproducir? La tradición filosófica nos ofrece en la obra de Boecio una pista decisiva. Si Platón había señalado el problema, es Boecio quien proporcionó, en los albores de la Edad Media, el concepto que permite formular la solución: la persona.
«Solo una comprensión adecuada de la persona permite discernir qué aspectos de la inteligencia y de la palabra pueden formalizarse en una máquina y cuáles pertenecen irreductiblemente a la experiencia humana»
Solo una comprensión adecuada de la persona permite discernir qué aspectos de la inteligencia y de la palabra pueden formalizarse en una máquina y cuáles pertenecen irreductiblemente a la experiencia humana. Y ahí es justamente donde encuentra su sentido el nombre de Boethius para un método de oratoria.
El método Boethius de oratoria
Anicio Manlio Severino Boecio (Roma, c. 480 – Pavía, 525) es el filósofo romano que da nombre a nuestro método de oratoria. Considerado el último de los romanos y el primero de los escolásticos (Rand, 1928), su autoridad intelectual abarca diversos ámbitos, pero aquí nos interesan particularmente dos: su definición de «persona», que marcó profundamente la tradición filosófica europea, y su papel en la transmisión de la lógica aristotélica al Occidente medieval (Flórez, 2000).
Boecio definió la «persona» como la «sustancia individual de la naturaleza racional» (Boecio, 1979, p. 557), fórmula que encierra una intuición simple pero de gran alcance: la racionalidad es constitutiva de la realidad de la persona, pero no la agota. Cada ser humano es una existencia concreta, una individualidad irrepetible, una libertad encarnada en un cuerpo y en una historia.
«…la inteligencia artificial no agota el misterio de la inteligencia humana, pero el reflejo que devuelve de ella nos permite contemplar sus contornos con una claridad y desde un ángulo nuevos»
A la luz de esta idea, emerge ante nosotros un hecho decisivo: la inteligencia artificial no agota el misterio de la inteligencia humana, pero el reflejo que devuelve de ella nos permite contemplar sus contornos con una claridad y desde un ángulo nuevos. Porque al mostrar que ciertos procesos racionales pueden formalizarse y automatizarse con gran eficacia, nos obliga a preguntarnos por aquello que no puede ser reducido a una réplica funcional, y pone de relieve, por contraste, la singularidad de lo que no puede reproducir: la experiencia vivida de la persona, la unicidad de su biografía, la libertad, el amor o la búsqueda de sentido. Solo desde esta comprensión de la persona puede responderse plenamente a las preguntas que Platón había dejado abiertas sobre la palabra, la verdad y la persuasión.
Por otra parte, Boecio desempeñó un papel clave en la transmisión de la lógica aristotélica, hasta el punto de ser conocido como «el profesor de lógica de la Edad Media» (Gilson, 1976, p. 131). Gracias a su labor de traductor y comentador de Aristóteles, la ciencia del razonamiento formal sobrevivió al ocaso del mundo antiguo y se convirtió en uno de los pilares intelectuales del nacimiento de la universidad y de la continuidad de Occidente tal y como lo conocemos.
No es un detalle menor. Existe una línea histórica que conecta la lógica aristotélica, la obra de Boecio, la lógica matemática moderna, la programación informática y, finalmente, la inteligencia artificial (Martínez Freire, 1985). En ese sentido, las máquinas inteligentes son herederas de una tradición lógica que Boecio ayudó a preservar. Una tradición que sigue siendo también imprescindible para que la oratoria no se reduzca a un mero juego de palabras y gestos entregados al vaivén de las emociones. Por eso el método Boethius concede tanta importancia al pensamiento lógico y a la estructura racional del discurso.
Pero, así como la oratoria no se agota en el juego de las emociones, tampoco se reduce al procesamiento de la información. Ordenar el pensamiento es indispensable, sí, pero persuadir exige algo más: exige comprender la realidad y comunicarla en un acto vivo, es decir, en un acto personal; porque la oratoria es el arte de persuadir a otras personas. La definición boeciana de persona cobra así todo su relieve, al subrayar la sustancialidad y la irreductibilidad de cada individuo, tanto del que habla como del que escucha.
«La IA, en definitiva, no aboca al olvido de la oratoria. Por el contrario, el reflejo que devuelve de la palabra hablada nos recuerda por qué hablar sigue siendo el acto más rigurosamente personal»
La inteligencia artificial, por tanto, no cancela la tarea de la oratoria. La vuelve más necesaria si cabe: hoy más que nunca importa aprender oratoria para hablar en primera persona. Si bastara con componer discursos, como ya hacen las máquinas, sería irrelevante quién los hubiera escrito, quién respondiera por ellos y ante quién lo hiciera. Darían igual, en suma, las personas. Todo parecería quedar reducido a la verdad objetiva de las palabras. Pero aquí se eleva de nuevo otra advertencia socrática frente a la pura objetividad, también incluida por Platón en el Fedro, según la cual ya hubo un tiempo en que a los hombres les bastaba con que una encina hablase:
«Tal ingenuidad tenían, que se conformaban con oír a una encina o a una roca» (Fedro, 275b).
Se perfila de este modo la enseñanza que une a Platón, Boecio y la inteligencia artificial. La tecnología no sustituye a la palabra humana ni rebaja su valor; al contrario, hace visible su singularidad y nos lleva a redescubrir su excelencia en el concepto de discurso hablado, del que la escritura es tan solo un «reflejo»:
«…aquel que se escribe con ciencia en el alma del que aprende; capaz de defenderse a sí mismo y sabiendo con quiénes hablar y ante quiénes callarse… lleno de vida y de alma» (Fedro, 276a).
Una inteligencia artificial puede escribir mucho sobre el amor, pero no puede hablar ni callar por amor, no puede amar. Puede procesar cantidades ingentes de datos, pero no buscar en el pensar la respuesta al enigma de su propia existencia. Puede generar discursos sin término, pero no descubre al hablar su modo fundamental de llegar a ser ni, menos aún, de llegar a ser mejor. Puede acumular conocimientos, pero no experimenta el asombro que transforma el saber en sabiduría, y la contemplación de la sabiduría en felicidad. Todo lo cual se encuentra condensado en el sentido de los cuatro verbos que definen los ejes del método Boethius: amar, pensar, hablar, saber.
El principal reto que tenemos delante, por tanto, no es vigilar los riesgos de la omnipresencia de las máquinas, sino descubrir qué nos permiten comprender sobre nosotros mismos. Y es justamente ahí donde la oratoria, lejos de quedar obsoleta, recupera la profundidad a la que Platón apuntaba cuando escribió estas palabras inmortales:
«Pero mucho más excelente es ocuparse con seriedad de esas cosas, cuando alguien, haciendo uso de la dialéctica y buscando un alma adecuada, planta y siembra palabras con fundamento, capaces de ayudarse a sí mismas y a quien las planta, y que no son estériles, sino portadoras de simientes de las que surgen otras palabras que, en otros caracteres, son canales por donde se transmite, en todo tiempo, esa semilla inmortal, que da felicidad al que la posee en el grado más alto posible para el hombre» (Fedro, 276a).
La IA, en definitiva, no aboca al olvido de la oratoria. Por el contrario, el reflejo que devuelve de la palabra hablada nos recuerda por qué hablar sigue siendo el acto más rigurosamente personal: el acto que hace posible la búsqueda libre de la verdad, el encuentro compartido del sentido y la mejora pacífica de la vida en común.
La IA se ha convertido en el reflejo más perfecto de nuestra razón; y precisamente por ello hace visible lo que ningún espejo puede mostrar, es decir, la persona. Así se entiende que la palabra más importante nunca será la que pueda producir una máquina, sino la que una persona decida pronunciar con su propia vida.
Referencias
Boecio, A. M. S. (1979). Sobre la persona y las dos naturalezas. En C. Fernández (Ed.), Los filósofos medievales: Selección de textos. Biblioteca de Autores Cristianos.
Desmurget, M. (2020). La fábrica de cretinos digitales: El peligro de las pantallas para nuestros hijos. Península.
Flórez, A. (2000, 10 de abril). Boecio: Maestro del pensamiento medieval. Conferencia de la Facultad de Filosofía, Pontificia Universidad Javeriana.
Gilson, É. (1976). La filosofía en la Edad Media. Gredos.
Hernández Guerrero, J. A., & García Tejera, M. del C. (1994). Historia breve de la retórica. Síntesis.
Kennedy, G. A. (2003). La retórica clásica y su tradición cristiana y secular: Desde la Antigüedad hasta nuestros días. Instituto de Estudios Riojanos.
Martínez Freire, P. (1985). El origen histórico de la lógica matemática. THÉMATA. Revista de Filosofía, 2, 87-98.
Oakley, B., Johnston, M., Chen, K., Jung, E., & Sejnowski, T. J. (2025). The memory paradox: Why our brains need knowledge in an age of AI. SSRN.
Pezoa, A. (2014). Boecio (480-525). Instituto Res Publica. (Colección Pensadores Fundamentales, n.º 4).
Platón. (1988). Diálogos III: Fedón, Banquete, Fedro (C. García Gual, M. Martínez Hernández y E. Lledó Íñigo, Trads.). Gredos.
Rand, E. K. (1928). Boethius, the first of the scholastics. En Founders of the Middle Ages (pp. 135-180). Cambridge University Press.










Si remontamos la historia literaria del miedo llegamos hasta la Iliada de Homero (Il. IV 440). Phobos, hijo de Ares, dios de la guerra y arrasador de mortales, es la personificación divina de una acción que se presenta en el campo de batalla, donde aparece en compañía de Deîmos (Terror) y Éris (Discordia, Disputa). Etimológicamente, phobos, que es el nombre de una acción, deriva del verbo phébomai (= phobéomai) que significa “huir”.
esta introducción recordando la siguiente reflexión de Paul Eckman sobre el miedo [3]:
que nos manda nuestro cerebro (agitación, tensión muscular, etc.) cuando nos imaginamos sucumbiendo bajo las garras del olvido o la ignorancia, son para que comencemos cuanto antes a prepararnos a fondo para que eso no suceda. Si el tema es algo que nos apasiona y nos gusta, mejor que mejor, pero en cualquier caso, a la hora de hablar, conviene recordar que hay que saber, al menos, diez veces más de lo que se va a decir. Es lo que Carnegie llamaba “Poder dejado en la reserva”: “Reunamos cien pensamientos y descartemos noventa”. [4]
Ciertamente, como dice Quintiliano en sus Instituciones, la Oratoria no es una ciencia exacta y la experiencia termina siendo nuestra mejor consejera, pero no es menos verdad que el arte de comunicar con la palabra es una técnica que, estudiada y practicada con dedicación, produce frutos seguros. Recordemos al gran Demóstenes, que superó su tartamudez repitiendo de memoria los discursos frente al mar con un guijarro dentro de la boca.
Los recelos acerca de la propia imagen personal y la baja autoestima suelen ser, en tercer lugar, los fantasmas que disuaden al principiante de la aventura de hablar en público. Desde Quintiliano hasta los expertos modernos en comunicación personal como Teresa Baró, el consejo respecto a la imagen personal tiene dos reglas muy sencillas: decoro y discreción. Y no debemos olvidar tampoco que el cuidado de la propia imagen y atuendo es signo de respeto y atención hacia nuestro auditorio y que, salvo excepciones marcadas por el prejuicio o los complejos, es siempre percibido y recibido con agrado [7].



Seguimos al pie de la letra el consejo de Sun Tzu en El arte de la guerra: “Conócete a ti mismo y conoce a tu enemigo” [1], y en este caso además con ahorro de recursos, ya que conocer el miedo y conocerse uno mismo son dos tareas que, en muchos aspectos, son una y la misma.


