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¿Usted también tiene miedo a hablar en público? (II)

II

¿Qué peligros concretos hay detrás del miedo hablar en público?

PalasAteneaSi remontamos la historia literaria del miedo llegamos hasta la Iliada de Homero (Il. IV 440). Phobos, hijo de Ares, dios de la guerra y arrasador de mortales, es la personificación divina de una acción que se presenta en el campo de batalla, donde aparece en compañía de Deîmos (Terror) y Éris (Discordia, Disputa). Etimológicamente, phobos, que es el nombre de una acción, deriva del verbo phébomai (= phobéomai) que significa “huir”.

Como personificación de la huida, Homero muestra a Phóbos bordeando el perímetro del escudo de Atenea (Il. V 739-41) , que circunscribe, entre otros, a la ya mencionada Éris (Discordia), al helador Ioké (Ataque o Persecución), y a la cabeza de Gorgona, cuya visión petrificaba a quien la mirase y que tenía por cabellos serpientes venenosas [1].

Si damos un salto, de unos 400 años, pero sin salirnos de la antigüedad griega, hasta Aristóteles, encontramos la definición de miedo precisamente en la Retórica : “Sea pues el miedo (phóbos) una aflicción o barullo de la imaginación (phantasía) cuando está a punto de sobrevenir un mal destructivo o aflictivo”. [2]

Y dando otro salto gran salto, ahora de casi 2400 años, hasta nuestros días, terminamos ratonmiedoesta introducción recordando la siguiente reflexión de Paul Eckman sobre el miedo [3]:

“Sobre el miedo se han llevado a cabo más estudios que sobre cualquier otra emoción, probablemente porque es fácil provocarlo en casi todo animal, incluyendo los ratones (una especie favorita de los investigadores porque son baratos y de fácil manutención). La amenaza de daño, sea físico o mental, caracteriza todos los disparadores del miedo, su tema y sus variantes. El tema es el peligro de sufrir un daño físico, y las variantes pueden ser cualquier cosa que sepamos que puede dañarnos de cualquier forma, ya sean amenazas físicas o psíquicas.”

* * *

Después de estas notas iniciales, vamos ya directamente con el tema de la entrada: ¿qué peligros paralizan al que habla en público, qué ataques y discordias le empujan a huir para evitar el daño?, ¿cuáles son los disparadores del miedo a hablar en público?, ¿qué daños, físicos o psíquicos, tememos sufrir al hablar en público? En suma: ¿Qué peligros concretos hay detrás del miedo a hablar en público?

Sin ánimo de ser exhaustivos, ya que el miedo, como suele decirse, es libre, y cada uno desde su idiosincrasia personal puede sentirse amenazado por infinidad de cosas, hay cinco grandes ámbitos desde los que phobos acecha al orador:

  1. El tema.
  2. La habilidad para comunicar.
  3. La imagen personal.
  4. El público.
  5. El miedo mismo.

 

* * *

1. El tema.

El principal peligro que afronta quien se pone delante de un público para decir algo es justamente el de que llegado el momento no diga nada, bien porque no recuerde nada, bien porque finalmente no sepa mucho del tema. Lo importante aquí es no pasar por alto que las señales books-768426_1920que nos manda nuestro cerebro (agitación, tensión muscular, etc.) cuando nos imaginamos sucumbiendo bajo las garras del olvido o la ignorancia, son para que comencemos cuanto antes a prepararnos a fondo para que eso no suceda. Si el tema es algo que nos apasiona y nos gusta, mejor que mejor, pero en cualquier caso, a la hora de hablar, conviene recordar que hay que saber, al menos, diez veces más de lo que se va a decir. Es lo que Carnegie llamaba “Poder dejado en la reserva”: “Reunamos cien pensamientos y descartemos noventa”. [4]

2. La habilidad para comunicar.

Es muy habitual temer, en segundo lugar, la propia falta capacidad para comunicar eficazmente. Tememos que nuestra incapacidad comunicativa (verbal o no verbal)  impida que el mensaje llegue al auditorio, sobre todo cuando no tenemos experiencia. Para consuelo del principiante, en este punto cabe recordar el aforismo antiguo, atribuido a Aristóteles, Quintiliano, Cicerón e incluso Platón, y que fue tan celebrado en el Siglo de Oro español, según el cual “el poeta nace y el orador se hace” [5]. demostenesCiertamente, como dice Quintiliano en sus Instituciones, la Oratoria no es una ciencia exacta y la experiencia termina siendo nuestra mejor consejera, pero no es menos verdad que el arte de comunicar con la palabra es una técnica que, estudiada y practicada con dedicación, produce frutos seguros. Recordemos al gran Demóstenes, que superó su tartamudez repitiendo de memoria los discursos frente al mar con un guijarro dentro de la boca.

3. La imagen personal.

LNVBaroLos recelos acerca de la propia imagen personal y la baja autoestima suelen ser, en tercer lugar, los fantasmas que disuaden al principiante de la aventura de hablar en público. Desde Quintiliano hasta los expertos modernos en comunicación personal como Teresa Baró, el consejo respecto a la imagen personal tiene dos reglas muy sencillas: decoro y discreción. Y no debemos olvidar tampoco que el cuidado de la propia imagen y atuendo es signo de respeto y atención hacia nuestro auditorio y  que, salvo excepciones marcadas por el prejuicio o los complejos, es siempre percibido y recibido con agrado [7].

4. El público.

El miedo que tiene su origen en el público puede provenir tanto de un recuerdo ancestral de la mirada del depredador almacenado en nuestro sistema nervioso, como de la vergüenza aristotélica [2] ante la posibilidad de que se ponga de manifiesto algún defecto o falta que haga mella en nuestra reputación .audience-1677028_1920

Sea como fuere, el aviso de nuestro tejido emocional debe servirnos aquí para prepararnos con una actitud adecuada, presidida por la naturalidad y la benevolencia hacia el público. Hay que tener en cuenta que, hasta en los casos de mayor hostilidad, el que nos escucha nos da con su silencio y atención muestras de hospitalidad. Por otra parte, el orador debe hacer todo lo que esté en su mano para ofrecer una información rigurosa, veraz y, sobre todo, que responda a los intereses de los que escuchan. Si lo que decimos tiene en cuenta lo que le interesa al auditorio y si nuestra actitud hacia el mismo está presidida por la naturalidad y la benevolencia, tenemos un 80% de probabilidad de alcanzar el éxito.

5. El miedo mismo.

Ciertamente, es más que probable que el miedo, con todo sucatálogo de síntomas y signos fisiológicos, siga acechándonos aún después de seguir los consejos que hemos ido desgranando aquí, e incluso después de entrenarnos con las técnicas adecuadas, algunas de las cuales veremos en la entrada siguiente. Cuando esto sucede, lo que toca es romper el último baluarte de nuestro enemigo con un movimiento decidido y eficaz hacia la meta: transmitir al público de palabra nuestro mensaje. Si no somos valientes, debemos comportarnos en todo caso como si lo fuésemos. Hay que preguntarse, por tanto, lisa y llanamente esto: ¿Qué tendría que hacer si fuese valiente? Y entonces hacerlo.

Así es como cuenta D. Carnegie que Roosevelt venció su miedo a hablar en público, del mismo modo que superó el miedo a los osos, a los caballos salvajes y a los bandoleros. La costumbre de comportamos como valientes, termina por hacernos valientes. La virtud del valor, como todas las demás virtudes se adquiere con la costumbre. Aristóteles, una vez más, esta vez en la Ética a Nicómaco.

Vencer al miedo pasa por invertir la secuencia natural de la emoción. Normalmente, la reacción fisiológica y la vivencia subjetiva preceden a la acción (la aceleración del pulso precede a la huida). De lo que se trata es de que, a fuerza de repetir las acciones (a fuerza de enfrentarnos en lugar de huir), la vivencia subjetiva del miedo sea definitivamente sustituida por la de la seguridad que da el valor y que su reacción fisiológica resulte mitigada. A fuerza de repetir conscientemente la acción, podemos conseguir moldear la emoción.

Para reforzar lo visto y concluir esta segunda entrada sobre el miedo a hablar en público, nada mejor que recordar la fábula de Esopo en la que la zorra supera el miedo al león:

Una zorra que nunca había visto un león, la primera vez que lo vio sintió tanto miedo que casi se muere. La segunda vez que lo encontró, sintió miedo, pero no tanto. Entonces, durante un tiempo se dedicó a observarlo a distancia para saber en qué circunstancias y hasta qué punto era peligroso. De este modo, la tercera vez que se lo topó, se armó de valor y guardando una distancia prudente se atrevió incluso a entablar una conversación con él.

De esta fábula extraemos tres enseñanzas muy útiles en Oratoria:

  1. La primera, que el hábito mitiga hasta los miedos más terribles.
  2. La segunda, que antes de afrontar un riesgo hay que analizarlo bien y prepararse convenientemente.
  3. La tercera, que aunque uno se encuentre preparado y haya superado el miedo, nunca hay que perder de vista el peligro y se debe prevenir con prudencia la manera de salvar las consecuencias (paralizarnos, huir o cometer alguna torpeza) si se presenta de súbito. Esto es lo que hizo la zorra en el tercer encuentro, en el que no dejó de mantener una “distancia prudente”. El peligro que siempre puede asaltar hasta al mejor orador es que se quede en blanco o que cometa un error muy llamativo. La “distancia prudente” en estos casos equivale a tener preparado lo que se va a hacer y decir si surge la necesidad de improvisar por alguna estas causas, o sea, por habernos quedado en blanco o después de haber cometido alguna torpeza.  En resumidas cuentas, la improvisación también se prepara.

* * *

Nos despedimos aquí, querido lector, con Esopo y con el consejo de que, SIEMPRE QUE SE LE PRESENTE, NO PIERDA LA OCASIÓN DE TOMAR LA PALABRA EN PÚBLICO. De este modo, gracias a la fuerza del hábito, conseguirá vencer a Phobos en caso de que le asalte. La próxima semana volveremos con la tercera y última parte del hilo, en la que presentaremos algunas técnicas muy útiles para poner coto al miedo que acecha detrás de cada palabra y silencio en la vida de todo orador.

REFERENCIAS

[1] DOMINGUEZ, V., Psicothema. Vol. 15, no 4, pp. 662-666 (2003).

[2] ARISTÓTELES, Retórica, L. II.

[3] EKMAN, P.: El rostro de las emociones. RBA. (2013)

[4] CARNEGIE, D.: Cómo hablar bien en público. Edhasa. (2013).

[5] PORQUERAS, A.: Estudios sobre Cervantes y la Edad de Oro. Centro de Estudios Cervantinos (2003).

[6] QUINTILIANO: Instituciones Oratorias.

[6] BARÓ, T..:  La gran guía del lenguaje no verbal. Paidos. (2012)

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