«…la historia de la educación occidental puede leerse como la historia del descubrimiento de los límites de la técnica.»
«Prometeo, apurado por la carencia de recursos, tratando de encontrar una protección para el hombre, roba a Hefesto y a Atenea su sabiduría profesional] junto con el fuego -ya que era imposible que sin el fuego aquélla pudiera adquirirse o ser de utilidad a alguien- y, así, luego la ofrece como regalo al hombre. De este modo, pues, el hombre consiguió tal saber para su vida; pero carecía del saber político, pues éste dependía de Zeus»(Platón, 2000, Protágoras, 321d)
Resumen
La irrupción de la inteligencia artificial devuelve inesperadamente a la actualidad una de las preguntas más antiguas de la filosofía: ¿basta la técnica para cuidar del ser humano? Platón respondió a esta cuestión mediante dos grandes mitos, el de Theuth y el de Prometeo, y ambos convergen en una misma enseñanza: la técnica es indispensable, pero insuficiente. Allí donde esta encuentra su límite comienza la tarea de la educación, en cuyo núcleo figura el cultivo de las artes de la palabra. Este ensayo propone releer esa tradición a la luz de los desafíos de la inteligencia artificial, para comprender por qué la oratoria clásica resulta hoy más necesaria que nunca.
En la Atenas del siglo V a. C. tuvo lugar uno de los mayores descubrimientos de nuestra civilización: el ser humano es un ente que ninguna técnica alcanza a comprender del todo. A la luz de este hallazgo, la historia de la educación occidental puede leerse como la historia del descubrimiento de los límites de la técnica. De esa conciencia nació la filosofía, entendida, no como posesión de la sabiduría, sino como su búsqueda permanente. La célebre ignorancia socrática expresa precisamente esa actitud. Cuanto más conocemos al ser humano, más comprendemos que su investigación exige un acercamiento humilde, sabedor de la imposibilidad de superar el estadio de lo provisional:
«Al retirarme de allí, razonaba a solas que yo era más sabio que aquel hombre. Es probable que ni uno ni otro sepamos nada que tenga valor, pero este hombre cree saber algo y no lo sabe, en cambio yo, así como, en efecto, no sé, tampoco creo saber» (Platón, 2000, Apología, 21d)
En consonancia con ello, el verdadero filósofo, enseña Platón en el Banquete, es aquel que, como Sócrates, consciente de que la vida humana alberga un misterio inacabable, está dispuesto a seguir conversando, sin perder la cordura, hasta el final de la noche:
«…eran los únicos que todavía seguían despiertos y bebían de una gran copa de izquierda a derecha (…) Primero se durmió Aristófanes y, luego, cuando ya era de día, Agatón. Entonces Sócrates, tras haberlos dormido, se levantó y se fue» (Platón, 1988, Banquete, 220d)
De la insuficiencia de la técnica se ocupa el diálogo sobre el mito de Theuth en el Fedro al que dedicamos una entrada anterior, La oratoria como espejo de la inteligencia artificial, en el que la implacable sentencia del rey Thamus detiene la euforia de Theuth por el descubrimiento de la escritura:
«A unos les es dado crear técnica, a otros juzgar qué de daño o provecho aporta para los que pretenden hacer uso de ella» (Platón, 1988, Fedro, 274e),
…e inspira la advertencia platónica que sigue resonando en nuestros días para todos aquellos que se abandonan a la exterioridad de la técnica:
«…fiándose de lo escrito, llegarán al recuerdo desde fuera, a través de caracteres ajenos, no desde dentro, desde ellos mismos y por sí mismos» (Platón, 1988, Fedro, 275b).
La constatación de que ninguna tecnología puede sustituir la comunicación directa de persona a persona llevaba así a Platón al elogio de la palabra hablada, con la que el auténtico orador escribe en el alma del que escucha palabras adecuadas que llegan a ser simientes auténticas de sabiduría y felicidad:
«…palabras con fundamento, capaces de ayudarse a sí mismas y a quien las planta… son canales por donde se transmite, en todo tiempo, esa semilla inmortal, que da felicidad al que la posee en el grado más alto posible para el hombre» (Platón, 1988, Fedro, 276a).
El impacto en nuestras vidas de la inteligencia artificial, visible en un llamativo desplazamiento del factor humano en actividades como pensar o escribir, nos lleva a profundizar hoy en este otro mito clave de la cultura griega y occidental: el mito de Prometeo. El puerto de llegada volverá a ser la exhortación al cultivo de la oratoria. Pero esta vez el camino no partirá de una preocupación antropológica —aunque ésta permanezca siempre en el trasfondo—, sino de la convicción de que ninguna comunidad política puede sostenerse sin virtud, sin justicia, y sin una educación que las haga posibles (Jaeger, 2016).
Prometeo: cuando la técnica no basta
Mientras el mito de Theuth muestra que ninguna técnica puede sustituir a la palabra hablada, el de Prometeo enfoca el problema desde otro ángulo: ninguna técnica puede sustituir a la virtud. Ambos relatos constituyen, así, dos capítulos de una misma reflexión.
Entre las distintas versiones griegas del mito de Prometeo, la que aparece en el Protágoras posee un carácter específicamente pedagógico. No pretende explicar el origen del fuego ni justificar el castigo del titán, como ocurre en Hesíodo o en Esquilo. Tiene que ver con la necesidad de explicar la naturaleza política del ser humano: ¿cómo fue posible que los hombres llegaran a vivir en sociedad?
Cuando los dioses crearon a los seres vivos, encomendaron a Epimeteo y Prometeo distribuir entre ellos las capacidades necesarias para sobrevivir. Epimeteo repartió fuerza, velocidad, garras, alas, pelaje y toda clase de recursos defensivos entre los animales, pero agotó los dones antes de llegar al hombre, que quedó desnudo, inerme y desprotegido.
Para remediar el error, Prometeo robó el fuego y el conocimiento de los oficios en la morada de Hefesto y Atenea. Gracias a estos dones fueron posibles la agricultura, la arquitectura, la navegación, los oficios y todas las técnicas que permitieron al ser humano salir del puro estadio de naturaleza y desarrollar la cultura.
Sin embargo, el relato da en ese punto un giro de enorme trascendencia. Aunque aparentemente los hombres poseían ya todo lo necesario para sobrevivir, seguían siendo incapaces de convivir. Cada vez que intentaban reunirse en ciudades terminaban enfrentándose unos con otros. Sabían fabricar herramientas, pero ignoraban el arte de gobernarse; podían construir murallas, pero no una comunidad política estable: «el robo de Prometeo no basta… ni todas las artes profesionales juntas posibilitan la convivencia humana» (García Castillo, 1988).
«Zeus, entonces, temió que sucumbiera toda nuestra raza, y envió a Hermes a que trajera a los hombres el sentido moral y la justicia, para que hubiera orden en las ciudades y ligaduras acordes de amistad» (Platón, 2000, Protágoras, 322c).
El problema, así, ya no es técnico, sino moral y político. Esta decisión de Zeus implica además un matiz clave. La inteligencia profesional o técnica puede distribuirse de manera desigual. Los seres humanos, unos son médicos, otros arquitectos y otros, por ejemplo, artesanos, pero el sentido moral y la justicia conciernen a todos, y deben ser distribuidos por igual, pues de otro modo ninguna ciudad puede subsistir.
Estos dones, sin embargo, no prosperan de forma espontánea. Se necesita una educación cuyo núcleo sean las artes de la palabra, programa de estudios que en la Edad Media se extiende bajo el título de Trivium, y donde el lugar central, entre la Gramática y la Lógica, lo ocupa precisamente la Retórica u Oratoria.
Lucio Flaminio: la palabra que funda la civilización
Damos ahora un salto de casi dos mil años y nos trasladamos al renacimiento salmantino (s. XVI). Pocos humanistas expresaron mejor el valor y la supremacía de la palabra que Lucio Flaminio, discípulo de Nebrija y profesor de Retórica en la Universidad de Salamanca. En su Oratio de laudibus eloquentiae (Elogio de la elocuencia) sostiene que las artes de la palabra representan la más alta expresión de la dignidad humana, ya que fue precisamente la elocuencia la que permitió al hombre elevarse sobre la animalidad y construir la vida civilizada:
«Es la palabra persuasiva que sacó a los hombres de las selvas en que habitaban las ninfas y los faunos y gentes que desconocían las costumbres, los pactos y el perdón» (García Castillo, 2019).
No resulta difícil por muchas razones hallar aquí la continuidad con la reflexión incoada por el mito de Prometeo: la ciudad no nace simplemente con la técnica, sino cuando la palabra hace posible la moral, la ley y la piedad.
Nebrija: no hay verdadera oratoria sin virtud
Hasta hace muy poco, la excelencia de un orador dependía, sobre todo, de su capacidad para construir un buen discurso, pero la inteligencia artificial ha dejado atrás ese supuesto con su capacidad para redactar textos persuasivos, ordenar argumentos o imitar estilos con eficacia. Sin embargo, justo ahora que parece que la producción técnica del discurso deja de ser una capacidad exclusivamente humana, vuelve a cobrar toda su importancia otra pregunta heredada del mundo clásico: ¿qué es lo que convierte a alguien en un verdadero orador?
A esta pregunta responde precisamente Antonio de Nebrija en el comienzo de su Arte de hablar en público recuperando la célebre definición de orador de Catón el viejo como vir bonus dicendi peritus: «hombre de bien experto en hablar». Y lo explica con estas razones luminosas:
«Si la capacidad de hablar sirviera a la malicia, ninguna cosa habría pública ni privada más perniciosa que la elocuencia… Mejor fuera nacer mudos y carecer de toda razón que convertir los dones de la providencia en mutua perdición.» (Nebrija, 2017, p.32)
La cuestión ya no es quién domina mejor la técnica, sino quién y en qué condiciones puede poner esa técnica al servicio de la verdad y del bien común. Así, la historia que va de Prometeo a Nebrija puede resumirse en una nueva máxima: la excelencia técnica nunca puede sustituir a la excelencia moral.
El futuro pertenece a quienes sepan pensar y hablar
Esta es sin duda una de las grandes misiones educativas de nuestro tiempo. En la era de la inteligencia artificial necesitaremos buenos ingenieros, científicos y programadores. Pero necesitaremos, con urgencia todavía mayor, personas capaces de pensar, deliberar y hablar con responsabilidad. Como escribió Aristóteles, «amamos el conocimiento y el saber porque amamos la vida» (Protréptico, B 17, citado en Lledó, 2018, p. 215), y precisamente porque amamos la vida, necesitamos ese saber sobre el ser humano que ninguna técnica puede sustituir que es la filosofía y que sigue encontrando en la palabra hablada su principal instrumento.
Hoy que las máquinas comienzan a hablar con eficacia asombrosa, por tanto, la diferencia ya no reside en la perfección del discurso, sino en la virtud de quien lo pronuncia. Así, la inteligencia artificial, lejos de volver obsoleta la herencia de Platón, Flaminio o Nebrija, la hace inesperadamente contemporánea; nos permite comprender mejor por qué los griegos situaron la virtud y las artes de la palabra en el centro de la educación, y por qué el humanismo renacentista vio en la oratoria, antes que una simple técnica de persuasión, un arte al servicio de la dignidad humana.
REFERENCIAS
García Castillo, P. (1988). Prometeo o la educación insuficiente. Campo abierto, nº 5.
García Castillo, P. (2019). La palabra como expresión de la dignidad humana en la Oratio de laudibus eloquentiae de Lucio FlaminioSículo. Disputatio. Philosophical Research Bulletin, 8(20).
Jaeger, W. (2016). Paideia: Los ideales de la cultura griega (J. Xirau & W. Roces, Tradss.; 2.ª ed.). Fondo de Cultura Económica.
LLedó, E. (2018). Sobre la educación. Madrid: Taurus.
Nebrija, E. A. de. (2017). Arte de hablar en público (M. Á. Garrido Gallardo, Introd., trad. y notas). Ediciones Rialp.
Platón. (2000). Diálogos I: Apología, Critón, Eutifrón, Ion, Lisis, Cármides, Hipias Menor, Hipias Mayor, Laques, Protágoras (J. Calonge Ruiz, E. Lledó, & C. García Gual, Trads., introds. y notas). Editorial Gredos.
Platón. (1988). Diálogos III: Fedón, Banquete, Fedro (C. García Gual, M. Martínez Hernández, & E. Lledó Íñigo, Trads., introds. y notas). Editorial Gredos.

Deja un comentario